Epstein es solo un árbol.
¡Tenemos que salir de entre los árboles y ver el bosque completo!
Todo se nos presenta como un escándalo sexual de millonarios pederastas. Alcobas, perversión, torturas, morbo. Como si el núcleo de la historia fuera la depravación de unos cuantos gringos adinerados (y uno que otro líder de nuestros países).
Claro que es justo que se hable del abuso sistemático de menores, de torturas, de tráfico humano, de prácticas extremas propias de una maquinaria criminal repugnante. Eso no se discute.
Pero detenerse ahí produce un efecto político muy concreto: impide formular las preguntas decisivas y ahondar en ellas.
¿Por qué ocurrió?
¿Para qué se montó una red pederasta tan vasta, tan costosa, tan protegida, tan internacional?
¿Qué función cumplía?
¿Cuál era su objetivo?
¿Sigue funcionando?
¿A qué apunta en el futuro?
Quien quiera quedarse en el morbo tiene material infinito. Aquí haremos otro esfuerzo: hilar la estructura.
Los millonarios gringos y Epstein no son solo degenerados aislados excéntricos. Para entenderlo, no basta con mirar la vida de Epstein. Hay que mirar el método. Y el método no empieza con él.
Empezó mucho antes, pero partiremos de uno de sus predecesores más inmediatos: el señor Robert Maxwell, realmente llamado Jan Ludvík Hoch. Padre de Ghislaine Maxwell, pareja y socia de Epstein.
Maxwell no fue un empresario excéntrico ni un simple magnate mediático. Fue traficante de armas, operador político y engranaje entre el poder occidental y el proyecto sionista.
Durante la Segunda Guerra Mundial operó del lado del Imperio británico. En 1948 traficó armas desde Checoslovaquia y desde el propio Reino Unido hacia Palestina, destinadas a Irgún, Lehi y Haganá, organizaciones paramilitares responsables de atentados y masacres durante el proceso de colonización.
Con el tiempo fue absorbido por los servicios de inteligencia sionistas y comenzó a trabajar desde dentro de Occidente. No enfrentándolo, sino capturando nodos.
Maxwell fue, además, pionero en el uso del chantaje sexual a figuras con poder como tecnología política.
Maxwell, por ejemplo, estuvo implicado en la Operación Apolo: el robo de uranio enriquecido estadounidense en los años cincuenta para alimentar el programa nuclear israelí.
Cuando años después intenta chantajear al propio Mossad y vender secretos a terceros, es eliminado. Aparece muerto en circunstancias opacas. Pero recibe funerales de Estado en Jerusalén. No se honra así a un simple empresario.
Muerto Maxwell, la estructura no se disuelve. Se reconfigura. Ahí entran Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell.
Ellos heredan el método y lo perfeccionan. Epstein cumplía tres funciones claras: espía, mediador clandestino y gestor de chantaje.
Espía, porque accedía a la intimidad de políticos, empresarios, científicos, académicos y miembros de la realeza.
Mediador clandestino, porque facilitaba acuerdos entre gobiernos, corporaciones y servicios de inteligencia.
Gestor de chantaje, porque corregía conductas mediante presión, control o extorsión.
Epstein no actuaba solo. Su pareja operativa fue Ghislaine Maxwell. De hecho, ambos serían la interfaz operativa de quienes probablemente constituían el verdadero cerebro.
Todo apunta a que el centro estratégico siempre estuvo en las hermanas mayores de Ghislaine: Isabel y Christine Maxwell.
Un dato clave: desde los años setenta, Isabel y Christine se insertaron en los primeros desarrollos digitales europeos, especialmente en el Reino Unido, cuando todavía no existían los gigantes tecnológicos actuales. Sistemas de búsqueda, clasificación y organización de información. Antes de Google. Antes de la internet masiva.
A comienzos de los noventa, en un entorno de desarrolladores de contenido digital, ellas conocen a Bill Gates. No es Epstein quien entra primero al mundo tecnológico. Son las hermanas Maxwell. Ellas presentan a Gates a Ghislaine.
Pongan atención a esto, porque la tecnología va a estar en el centro desde el inicio.
Más adelante Isabel Maxwell funda, con capital familiar, el "Institute for the Study of Antisemitism and Global Policy": un think tank dedicado a perseguir y destruir reputaciones de críticos del sionismo mediante lobbies en Estados Unidos, Reino Unido y Francia.
Una máquina de etiquetado político: todo lo que se opusiera al sionismo debía ser marcado como antisemita.
Epstein, mientras tanto, se obsesiona con cooptar académicos, científicos y tecnólogos. Pero no a cualquiera. Apunta a dos campos precisos: lo digital/cibernético y lo genético.
¿Cómo lo sabemos? Por los nombres que aparecen en correos y reuniones.
Correos con Dan Ariely, economista conductual dedicado a estudiar cómo se manipulan las decisiones humanas.
Correos con Josh K. Bach, investigador en cognición humana aplicada a inteligencia artificial, donde expresa ideas abiertamente racistas sobre coeficiente intelectual y jerarquías étnicas.
Reuniones con Sergey Brin, cofundador de Google.
Correos con Reid Hoffman y Joi Ito, vinculados al MIT Media Lab.
Reuniones con Bobby Kotick, director de Activision Blizzard, ligado a simulación y guerra virtual.
Christopher Poole, fundador de 4chan.
Martin Nowak, biólogo evolutivo.
Lawrence Krauss, físico teórico y cosmólogo canadiense-estadounidense.
Stephen Hawking.
Yuval Noah Harari, emblema del transhumanismo.
Lo que une a este círculo no es estrictamente el sexo o la pederastia. Son mentes convocadas para teorizar una IA al servicio del supremacismo. En muchos de los correos de Epstein con ellos aparece un lenguaje sistemático de desprecio hacia chinos, árabes, afrodescendientes y mexicanos.
Esto empieza a tomar forma con el núcleo tecnológico-político del proyecto: Peter Thiel y Palantir.
A finales de los años 2000, Epstein, mediante patrocinadores como Leslie Wexner y los Bronfman, canaliza unos 40 millones de dólares hacia proyectos ligados a Thiel.
Palantir, fundada entre 2002 y 2003, es subvencionada por la CIA y vinculada a inteligencia sionista. Recopila big data: redes sociales, bancos, seguridad social, cámaras, servidores. Todo.
Aquí aparece un concepto central: precrimen. No esperar a que alguien actúe, sino predecirlo, clasificarlo y neutralizarlo antes. Epstein fue el intermediario que ayudó a vender esta arquitectura al Estado estadounidense. Y ya imaginarán qué tiene en mente un sionista o un gringo cuando habla de “criminales”.
Para que una red de este tamaño pudiera operar durante décadas sin ser desmantelada, hacía falta algo más que dinero y chantaje. Hacía falta protección institucional. Ahí entra una figura clave: Alan Dershowitz.
Dershowitz no es simplemente un abogado mediático. Es uno de los juristas más influyentes del establishment estadounidense, profesor durante décadas en Harvard y defensor sistemático de operaciones ilegales del Estado en nombre de la “seguridad nacional”.
Ha justificado la tortura, defendido crímenes de guerra israelíes y operado legalmente para causas sensibles de la política exterior estadounidense.
Su rol en el entorno Epstein-Maxwell no fue ganar juicios, sino contener el daño: presionar fiscales, bloquear investigaciones y asegurar que el escándalo no escalara a niveles estructurales.
Pero la protección no era solo legal. Era también de inteligencia.
Aquí aparece la Unidad 8200, la principal unidad de inteligencia electrónica y cibernética de Israel, equivalente a la NSA estadounidense. La 8200 se especializa en interceptación masiva de comunicaciones, vigilancia de poblaciones, guerra psicológica, propaganda digital (hasbara) y perfilamiento de individuos.
De esta unidad salen directivos de empresas de ciberseguridad, vigilancia e inteligencia artificial que luego se insertan en corporaciones y gobiernos occidentales.
La Unidad 8200 no solo aporta tecnología, sino doctrina: cómo recolectar datos, cómo anticipar comportamientos, cómo clasificar poblaciones. Incluso ha sido denunciada por usar chantaje sexual y económico como método sistemático de reclutamiento, especialmente contra población palestina.
En este entramado aparece Ehud Barak, ex primer ministro israelí, como figura de supervisión política. Barak fue visto entrando y saliendo de propiedades de Epstein, seguramente para garantizar que las operaciones estuvieran alineadas con intereses estratégicos mayores.
A nivel operativo figuran tipos como Johnny Koren, identificado como agente del Mossad, quien habría vivido más de dos años en el departamento de Epstein en Nueva York a modo de enlace permanente.
Epstein y Ghislaine hacían el trabajo de campo. Dershowitz contenía el frente legal. Barak cubría el frente político. La Unidad 8200 aportaba la infraestructura digital y doctrinaria. El Mossad coordinaba.
Con ese aparato, Epstein no solo servía para chantajear individuos, sino para intermediar política exterior, facilitar acuerdos y abrir puertas estratégicas.
Epstein también actúa como broker geopolítico. Facilita contactos entre Israel y Mongolia, Israel y Costa de Marfil —clave para frenar soberanismos en Mali y Burkina Faso—, intentos de acercamiento a Rusia durante el escenario sirio, rechazados por la inteligencia rusa.
En Europa, conexiones con José María Aznar, Friends of Israel, Vox, Miroslav Lajčák y Steve Bannon para articular redes de extrema derecha alineadas con la política exterior sionista.
Con todo lo que les cuento, ahora los medios insisten en una nueva premisa: “Epstein era un agente ruso”. Uno se pregunta qué sigue: ¿afirmarán que Trump era un agente chino?
El cuadro final es inquietante. Estados Unidos perdió su soberanía hace décadas; crió un cuervo que le está sacando los ojos.
Proceso acelerado tras el asesinato de Kennedy, quien intentó registrar los lobbies sionistas como agentes extranjeros y auditar el robo nuclear.
¿Y el futuro?
La inteligencia artificial que se está consolidando en Occidente no nace de una ética universal ni de un humanismo compartido. Surge de una matriz muy concreta: colonial y supremacista.
De ahí lo que varios autores ya nombran como tecnofundamentalismo: la creencia de que los problemas sociales, políticos y ecológicos no se resuelven con justicia, redistribución o democracia, sino con IA al servicio de unos pocos millonarios, cálculo, automatización y control algorítmico.
En ese marco, el ecofascismo no es una exageración retórica, sino una deriva lógica. Cuando una visión del mundo que considera a ciertos pueblos como excedentes o inferiores se combina con tecnologías capaces de clasificar, predecir y administrar poblaciones, el resultado no es sostenibilidad: es gestión de la muerte.
No se trata de “salvar el planeta”, sino de decidir quién merece habitarlo.
Palestina ha funcionado durante décadas como laboratorio de este modelo: vigilancia total, reconocimiento facial, drones, castigo colectivo automatizado, control de flujos vitales como el agua, la electricidad y los alimentos.
No es solo ocupación militar; es experimentación tecnológica sobre una población considerada descartable.
Ese es el antecedente directo del sistema que hoy se exporta: la palestinización del mundo.
Aquí, el sionismo político deja de ser únicamente un proyecto territorial y se convierte en un modelo global de gobernanza: seguridad permanente, excepción legal constante, enemigo difuso, población monitorizada.
La inteligencia artificial occidental no viene a corregir ese modelo, sino a perfeccionarlo.
Lo que se perfila no es un mundo más seguro, sino un mundo más obediente, más predecible, más clasificable. Y en ese mundo, toda resistencia —política, cultural o incluso intelectual— puede ser anticipada, neutralizada o eliminada antes de existir.
Ahí es donde el proyecto deja de ser un asunto “geopolítico” y se convierte en una amenaza civilizatoria.
En fin, el bosque es este: el proyecto israelí mira hacia el mañana con tecnologías de muerte, y hoy Irán es el freno más inmediato que existe frente a esa expansión.
La humanidad entera debería entender lo esencial:
si Palestina ha sido el laboratorio de muerte sionista, Irán es la esperanza más próxima para contener al ente sionista.
De nuestro lado, la primera forma de resistencia es mínima, pero imprescindible: el conocimiento. Entender el mundo en el que estamos. Levantar la vista. Ver el bosque.
Ellos ya dan por hecha una sola cosa:
Que no entendamos nada.
Que somos ignorantes.
Epstein només és un arbre.
Hem de sortir entre els arbres i veure el bosc complet!
Tot se'ns presenta com un escàndol sexual de milionaris pederastes. Alcoves, perversió, tortures, morbositat. Com si el nucli de la història fos la depravació d'uns quants gringos adinerats (i un líder líder dels nostres països).
És clar que és just que es parli de l'abús sistemàtic de menors, de tortures, de trànsit humà, de pràctiques extremes pròpies d'una repugnant maquinària criminal. Això no es discuteix.
Però aturar-s'hi produeix un efecte polític molt concret: impedeix formular les preguntes decisives i aprofundir-hi.
Per què va passar?
Per què es va muntar una xarxa pederasta tan vasta, tan costosa, tan protegida, tan internacional?
Quina funció complia?
Quin era el teu objectiu?
Continua funcionant?
A què apunta en el futur?
Qui vulgui quedar-se a la morbositat té material infinit. Aquí farem un altre esforç: filar l´estructura.
Els milionaris gringos i Epstein no són només degenerats aïllats excèntrics. Per entendre-ho, no n'hi ha prou de mirar la vida d'Epstein. Cal mirar el mètode. I el mètode no comença amb ell.
Va començar molt abans, però partirem d'un dels seus predecessors més immediats: el senyor Robert Maxwell, realment anomenat Jan Ludvík Hoch. Pare de Ghislaine Maxwell, parella i sòcia d'Epstein.
Maxwell no va ser un empresari excèntric ni un simple magnat mediàtic. Fou traficant d'armes, operador polític i engranatge entre el poder occidental i el projecte sionista.
Durant la Segona Guerra Mundial va operar del costat de l'Imperi britànic. El 1948 va traficar armes des de Txecoslovàquia i des del mateix Regne Unit cap a Palestina, destinades a Irgún, Lehi i Haganà, organitzacions paramilitars responsables d'atemptats i massacres durant el procés de colonització.
Amb el temps va ser absorbit pels serveis d'intel·ligència sionistes i va començar a treballar des de dins d'Occident. No enfrontant-lo, sinó capturant nodes.
Maxwell va ser, a més, pioner en l'ús del xantatge sexual a figures amb poder com a tecnologia política.
Maxwell, per exemple, va estar implicat en l'Operació Apol·lo: el robatori d'urani enriquit nord-americà als anys cinquanta per alimentar el programa nuclear israelià.
Quan anys després intenta fer xantatge al mateix Mossad i vendre secrets a tercers, és eliminat. Apareix mort en circumstàncies opaques. Però rep funerals d'Estat a Jerusalem. No s'honra així un simple empresari.
Mort Maxwell, l'estructura no es dissol. Es reconfigura. Aquí entren Jeffrey Epstein i Ghislaine Maxwell.
Ells hereten el mètode i ho perfeccionen. Epstein complia tres funcions clares: espia, mediador clandestí i gestor de xantatge.
Espia, perquè accedia a la intimitat de polítics, empresaris, científics, acadèmics i membres de la reialesa.
Mediador clandestí, perquè facilitava acords entre governs, corporacions i serveis d'intel·ligència.
Gestor de xantatge, perquè corregia conductes mitjançant pressió, control o extorsió.
Epstein no actuava sol. La seva parella operativa va ser Ghislaine Maxwell. De fet, tots dos serien la interfície operativa dels qui probablement constituïen el veritable cervell.
Tot apunta que el centre estratègic sempre va estar a les germanes grans de Ghislaine: Isabel i Christine Maxwell.
Una dada clau: des dels anys setanta, Isabel i Christine es van inserir en els primers desenvolupaments digitals europeus, especialment al Regne Unit, quan encara no existien els gegants tecnològics actuals. Sistemes de cerca, classificació i organització dinformació. Abans de Google. Abans de la internet massiva.
Al començament dels noranta, en un entorn de desenvolupadors de contingut digital, elles coneixen Bill Gates. No és Epstein qui entra primer al món tecnològic. Són les germanes Maxwell. Elles presenten a Gates a Ghislaine.
Pareu atenció a això, perquè la tecnologia estarà al centre des de l'inici.
Més endavant Isabel Maxwell funda, amb capital familiar, l'Institut per a l'Study d'Antisemitisme and Global Policy: un think tank dedicat a perseguir i destruir reputacions de crítics del sionisme mitjançant lobbies als Estats Units, Regne Unit i França.
Una màquina d'etiquetatge polític: tot el que s'oposés al sionisme havia de ser marcat com a antisemita.
Epstein, mentrestant, s'obsessiona a cooptar acadèmics, científics i tecnòlegs. Però no qualsevol. Apunta a dos camps precisos: el digital/cibernètic i el genètic.
Com ho sabem? Pels noms que apareixen a correus i reunions.
Correus amb Dan Ariely, economista conductual dedicat a estudiar com es manipulen les decisions humanes.
Correus amb Josh K. Bach, investigador en cognició humana aplicada a intel·ligència artificial, on expressa idees obertament racistes sobre coeficient intel·lectual i jerarquies ètniques.
Reunions amb Sergey Brin, cofundador de Google.
Correus amb Reid Hoffman i Joi Ito, vinculats al MIT Media Lab.
Reunions amb Bobby Kotick, director d'Activision Blizzard, lligat a simulació i guerra virtual.
Christopher Poole, fundador de 4chan.
Martin Nowak, biòleg evolutiu.
Lawrence Krauss, físic teòric i cosmòleg canadenc-nord-americà.
Stephen Hawking.
Yuval Noah Harari, emblema del transhumanisme.
El que uneix aquest cercle no és estrictament el sexe o la pederàstia. Són ments convocades per teoritzar una IA al servei del supremacisme. En molts dels correus d'Epstein hi apareix un llenguatge sistemàtic de menyspreu cap a xinesos, àrabs, afrodescendents i mexicans.
Això comença a prendre forma amb el nucli tecnològic-polític del projecte: Peter Thiel i Palantir.
A finals dels anys 2000, Epstein, mitjançant patrocinadors com Leslie Wexner i els Bronfman, canalitza uns 40 milions de dòlars cap a projectes lligats a Thiel.
Palantir, fundada entre el 2002 i el 2003, és subvencionada per la CIA i vinculada a intel·ligència sionista. Recull big data: xarxes socials, bancs, seguretat social, càmeres, servidors. Todo.
Aquí apareix un concepte central: precrim. No esperar que algú actuï, sinó predir-ho, classificar-ho i neutralitzar-ho abans. Epstein va ser l'intermediari que va ajudar a vendre aquesta arquitectura a l'Estat dels Estats Units. I ja imaginaran què té al cap un sionista o un gringo quan parla de “criminals”.
Perquè una xarxa d'aquesta mida pogués operar durant dècades sense ser desmantellada, calia més que diners i xantatge. Calia protecció institucional. Aquí hi entra una figura clau: Alan Dershowitz.
Dershowitz no és simplement un advocat mediàtic. És un dels juristes més influents de l'establishment nord-americà, professor durant dècades a Harvard i defensor sistemàtic d'operacions il·legals de l'Estat en nom de la “seguretat nacional”.
Ha justificat la tortura, defensat crims de guerra israelians i operat legalment per a causes sensibles de la política exterior nord-americana.
El seu rol a l'entorn Epstein-Maxwell no va ser guanyar judicis, sinó contenir el mal: pressionar fiscals, bloquejar investigacions i assegurar que l'escàndol no escalés a nivells estructurals.
Però la protecció no era només legal. Era també intel·ligència.
Aquí apareix la Unitat 8200, la principal unitat d'intel·ligència electrònica i cibernètica d'Israel, equivalent a la NSA dels Estats Units. La 8200 s'especialitza en intercepció massiva de comunicacions, vigilància de poblacions, guerra psicològica, propaganda digital (hasbara) i perfils d'individus.
D'aquesta unitat en surten directius d'empreses de ciberseguretat, vigilància i intel·ligència artificial que després s'insereixen a corporacions i governs occidentals.
La Unitat 8200 no només aporta tecnologia, sinó doctrina: com recol·lectar dades, com anticipar comportaments, com classificar poblacions. Fins i tot ha estat denunciada per fer servir xantatge sexual i econòmic com a mètode sistemàtic de reclutament, especialment contra població palestina.
En aquest entramat apareix Ehud Barak, exprimer ministre israelià, com a figura de supervisió política. Barak va ser vist entrant i sortint de propietats d'Epstein, segurament per garantir que les operacions estiguessin alineades amb interessos estratègics més grans.
A nivell operatiu figuren tipus com Johnny Koren, identificat com a agent del Mossad, que hauria viscut més de dos anys al departament d'Epstein a Nova York a manera d'enllaç permanent.
Epstein i Ghislaine feien el treball de camp. Dershowitz contenia el front legal. Barak cobria el front polític. La Unitat 8200 aportava la infraestructura digital i doctrinària. El Mossad coordinava.
Amb aquest aparell, Epstein no només servia per fer xantatge a individus, sinó per intermediar política exterior, facilitar acords i obrir portes estratègiques.
Epstein també actua com a broker geopolític. Facilita contactes entre Israel i Mongòlia, Israel i Costa d'Ivori —clau per frenar sobiranismes a Mali i Burkina Faso—, intents d'acostament a Rússia durant l'escenari sirià, rebutjats per la intel·ligència russa.
A Europa, connexions amb José María Aznar, Friends of Israel, Vox, Miroslav Lajčák i Steve Bannon per articular xarxes d'extrema dreta alineades amb la política exterior sionista.
Amb tot el que els explico, ara els mitjans insisteixen en una nova premissa: “Epstein era un agent rus”. Un es pregunta què segueix: afirmaran que Trump era un agent xinès?
El quadre final és inquietant. Els Estats Units van perdre la seva sobirania fa dècades; va criar un corb que li està traient els ulls.
Procés accelerat després de l'assassinat de Kennedy, que va intentar registrar els lobbies sionistes com a agents estrangers i auditar el robatori nuclear.
I el futur?
La intel·ligència artificial que s'està consolidant a Occident no neix d'una ètica universal ni d'un humanisme compartit. Sorgeix una matriu molt concreta: colonial i supremacista.
Per això el que diversos autors ja anomenen com a tecnofonamentalisme: la creença que els problemes socials, polítics i ecològics no es resolen amb justícia, redistribució o democràcia, sinó amb IA al servei d'uns quants milionaris, càlcul, automatització i control algorítmic.
En aquest marc, l'ecofeixisme no és una exageració retòrica sinó una deriva lògica. Quan una visió del món que considera certs pobles com a excedents o inferiors es combina amb tecnologies capaces de classificar, predir i administrar poblacions, el resultat no és sostenibilitat: és gestió de la mort.
No es tracta de “salvar el planeta”, sinó de decidir qui mereix habitar-lo.
Palestina ha funcionat durant dècades com a laboratori d'aquest model: vigilància total, reconeixement facial, drones, càstig col·lectiu automatitzat, control de fluxos vitals com l'aigua, l'electricitat i els aliments.
No és només ocupació militar; és experimentació tecnològica sobre una població considerada descartable.
Aquest és l‟antecedent directe del sistema que avui s‟exporta: la palestinització del món.
Aquí, el sionisme polític deixa de ser només un projecte territorial i es converteix en un model global de governança: seguretat permanent, excepció legal constant, enemic difús, població monitoritzada.
La intel·ligència artificial occidental no ve a corregir aquest model, sinó a perfeccionar-ho.
El que es perfila no és un món més segur, sinó un món més obedient, més predictible, més classificable. I en aquest món, tota resistència –política, cultural o fins i tot intel·lectual– pot ser anticipada, neutralitzada o eliminada abans d'existir.
Aquí és on el projecte deixa de ser un assumpte “geopolític” i es converteix en una amenaça civilitzatòria.
En fi, el bosc és aquest: el projecte israelià mira cap al demà amb tecnologies de mort, i avui l'Iran és el fre més immediat que hi ha davant d'aquesta expansió.
Tota la humanitat hauria d'entendre l'essencial:
si Palestina ha estat el laboratori de mort sionista, l'Iran és l'esperança més propera per contenir l'ens sionista.
De la nostra banda, la primera forma de resistència és mínima, però imprescindible: el coneixement. Entendre el món on estem. Aixecar la vista. Veure el bosc.
Ells ja donen per feta una sola cosa:
Que no entenguem res.
Que som ignorants.