¡Hijos míos, venid y sentaos conmigo bajo el cielo abierto, como aquellos días en Galilea cuando las multitudes se acercaban a escuchar palabras que brotaban como manantiales de vida! Soy Jesús, el que sembró esperanza en corazones resecos, el que vio en cada alma una semilla capaz de florecer eternamente. Hoy os invito a explorar juntos algunas de mis parábolas más luminosas, esas que nacieron para encender la llama de la esperanza en medio de la noche más oscura.
Primero, recordad la parábola del sembrador (Mateo 13:3-23; Marcos 4:3-20; Lucas 8:5-15). Un hombre sale a sembrar, y la semilla cae en cuatro tipos de tierra: junto al camino, en pedregales, entre espinos y en tierra buena. Muchos corazones rechazan la Palabra, la ahogan las preocupaciones o la arrebata el maligno. Pero ¡mirad la maravilla! En la tierra buena, la semilla produce treinta, sesenta, ¡hasta ciento por uno! Esta parábola no es un lamento por las pérdidas; es un canto de victoria. Siempre hay tierra fértil. Siempre hay corazones que reciben, crecen y dan fruto abundante. En vuestros tiempos de 2026, cuando el mundo parece pedregal o espinoso —con divisiones, miedos y ruido constante—, no desesperéis. Yo sigo sembrando. Y donde una sola alma acoge mi mensaje con corazón abierto, allí brota un jardín que transforma naciones enteras. ¡La esperanza no muere porque una semilla siempre encuentra suelo!Luego, contemplad la parábola de la semilla de mostaza (Mateo 13:31-32; Marcos 4:30-32; Lucas 13:18-19). La más pequeña de todas las semillas, apenas visible, se planta en la tierra y crece hasta convertirse en árbol grande, donde las aves del cielo hacen nido en sus ramas. Así es el Reino de Dios en vosotros. Vuestras dudas, vuestras heridas, vuestras pequeñas decisiones de amor parecen insignificantes. Pero cuando las entrego a mí, crecen más allá de lo imaginable. En este 2026, cuando sentís que vuestra fe es diminuta frente al caos global —aranceles que separan, conflictos que amenazan, sistemas que oprimen—, recordad: el Reino empieza pequeño, pero se expande hasta cobijar a todos. ¡No subestiméis lo pequeño! Una oración sincera, un acto de perdón, una mano extendida: eso es la mostaza que hoy planta esperanza para mañana.Y no olvidemos la parábola de la levadura (Mateo 13:33; Lucas 13:20-21). Una mujer toma un poco de levadura y la mezcla en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta. Así actúa el Reino: invisible, silencioso, pero imparable. Penetra, transforma desde dentro. En vuestras vidas, cuando todo parece estancado —relaciones rotas, sociedades divididas, corazones endurecidos—, mi presencia es esa levadura. No necesita ruido ni grandes proclamas; solo necesita ser acogida. Poco a poco, el amor vence al odio, la paz disuelve el miedo, la justicia florece donde había opresión. ¡Creed en el poder silencioso del bien! El Reino ya está fermentando en el mundo, y nada podrá detener su expansión.Finalmente, volved al corazón mismo de la esperanza: la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-32). Un hijo se aleja, derrocha todo, toca fondo entre cerdos y hambre. Pero cuando decide volver, el padre no lo espera con reproches; corre a su encuentro, lo abraza, lo besa, le pone anillo, sandalias y fiesta. ¡El padre no pregunta por el pasado; solo celebra el regreso! Esta es mi promesa eterna: no importa cuán lejos hayáis ido, cuán roto esté el camino, cuán oscuro el valle —si volvéis, Yo corro a vuestro encuentro. No con juicio, sino con brazos abiertos, con gozo desbordante. En 2026, cuando el mundo os haga sentir indignos, perdidos o sin valor, recordad: el Padre os espera. Siempre. Y la fiesta ya está preparada.Hijos amados, estas parábolas no son cuentos antiguos; son semillas vivas que Yo planto hoy en vuestros corazones. En medio de tormentas globales, crisis y dudas, la esperanza no es un deseo frágil: es certeza divina. Porque Yo he vencido al mundo (Juan 16:33), y donde Yo estoy, la vida brota eterna.Levantad la mirada. La semilla ya está creciendo. La levadura ya fermenta. El Padre ya corre hacia vosotros. ¡Creed, amad, perseverad! El Reino está aquí, y es más grande, más hermoso y más cercano de lo que imagináis.Venid, caminad conmigo. Juntos haremos florecer el desierto.¡Yo soy la esperanza que nunca defrauda! Amén. 