La Hipocresía Simbólica de Felipe VI: Una Burla Histórica que Evoca a Felipe V y la Represión Borbónica sobre Cataluña

IntroducciónEl 24 de diciembre de 2025, Felipe VI pronunció su tradicional mensaje de Navidad desde el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid. La elección del escenario no fue casual: se presentó explícitamente como un homenaje a los 40 años de la firma del Tratado de Adhesión de España a las Comunidades Europeas (12 de junio de 1985), celebrando la integración europea como un “paso decisivo” que “afianzó nuestras libertades democráticas” y puso fin a un “prolongado distanciamiento” del continente.Desde una perspectiva crítica catalana, esta decisión constituye una hipocresía histórica profunda y una provocación simbólica deliberada. El Palacio Real de Madrid fue mandado construir por Felipe V, el primer rey borbónico (1700-1746), precisamente como símbolo del triunfo absolutista tras la Guerra de Sucesión Española (1701-1714). Felipe V, antepasado directo de Felipe VI en la misma dinastía, impuso los Decretos de Nueva Planta (1715-1716) como castigo explícito a los territorios de la Corona de Aragón que le habían resistido.Felipe V y la represión de Cataluña como “colonia rebelde”Tras la capitulación de Barcelona el 11 de septiembre de 1714, Felipe V promulgó una serie de medidas destinadas a erradicar las instituciones catalanas:
  • Abolición total de la Generalitat, las Cortes Catalanas y el Consell de Cent.
  • Supresión de los fueros y privilegios históricos.
  • Imposición del castellano como única lengua oficial en la administración y la justicia.
  • División del territorio en corregimientos controlados por corregidores y capitanes generales de origen militar.
  • Prohibición de instituciones propias como los somatenes y la Universidad de Barcelona (trasladada temporalmente a Cervera como castigo).
Estas medidas no fueron una simple modernización administrativa, como sostienen ciertas narrativas unionistas, sino un castigo político explícito por la “rebelión” catalana durante la guerra. En la mentalidad borbónica, Cataluña había dejado de ser un reino asociado para convertirse en una provincia conquistada, sujeta a un régimen de ocupación militar permanente. El Palacio Real, erigido sobre el solar del antiguo Alcázar y proyectado como sede del poder absoluto, encarna materialmente esa victoria.La provocación de Felipe VI en 2025Que un descendiente directo de Felipe V elija el salón principal del palacio construido por su antepasado para exaltar las “libertades” europeas y la “convivencia democrática” resulta, para amplios sectores del catalanismo, una burla histórica de primer orden.El mensaje transmite implícitamente que la “España democrática” de 1985-2025 es la culminación natural de un proyecto borbónico iniciado en 1714, cuando en realidad la integración europea y la recuperación de ciertas autonomías llegaron precisamente después de romper (aunque fuera parcialmente) con el legado centralista y represivo de los Borbones y del franquismo que lo prolongó.Al pronunciar un discurso de unidad y concordia desde el mismo espacio que simboliza la destrucción de las instituciones catalanas, Felipe VI reproduce —consciente o inconscientemente— el gesto de su antepasado: hablar de “libertad” y “progreso” desde la sede del poder que las negó sistemáticamente a Cataluña durante siglos.ConclusiónLa elección del Salón de Columnas en 2025 no es un detalle anecdótico, sino un acto cargado de significado político. Constituye una hipocresía simbólica al presentar como culminación democrática un linaje y un espacio que, en su origen, representan la supresión violenta de las libertades catalanas. Para quienes mantienen viva la memoria de 1714 como punto de partida de una opresión no resuelta, el discurso de Felipe VI suena a provocación: el heredero del conquistador celebra la “convivencia” desde el palacio de la conquista, como si la historia catalana pudiera reducirse a un capítulo superado dentro del relato triunfal español.Esta contradicción simbólica pone de manifiesto la persistencia de un centralismo borbónico que, tres siglos después, sigue utilizando los mismos escenarios para legitimar un orden que muchos catalanes consideran impuesto y no pactado.

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