dimecres, 27 de maig del 2026

 Nota Antropológica

Los países ricos crecieron haciendo justo lo que hoy prohíben
Ha-Joon Chang ha cuestionado cómo las potencias impulsan reglas económicas globales que ellas mismas no aplicaron mientras se industrializaban
Por Redacción Nota Antropológica
“Un ardid muy común e inteligente que practica quien ha alcanzado la cumbre de la grandeza es retirar la escalera por la que ha trepado para impedir a otros trepar tras él”.
La frase aparece en Retirar la escalera del economista Ha-Joon Chang retomando una idea del economista alemán Friedrich List. También resume uno de los debates más importantes de la economía global actual. Los países ricos llevan décadas exigiendo libre mercado, apertura económica y menos intervención estatal; sin embargo, gran parte de su riqueza se construyó haciendo exactamente lo contrario.
Chang ha venido insistiendo en algo que suele quedar fuera de muchos discursos económicos. Inglaterra no se industrializó apostando desde el inicio por el libre comercio. Estados Unidos tampoco creció dejando que el mercado resolviera todo solo. De hecho, ambos países protegieron industrias nacionales durante décadas, aplicaron aranceles altos y limitaron la competencia extranjera mientras fortalecían su producción interna.
Fue hasta después de consolidarse económicamente que comenzaron a promover reglas globales distintas.
El economista surcoreano explica que cuando escribe que “los países desarrollados no llegaron a donde ahora están mediante las políticas y las instituciones que recomiendan actualmente a los países en desarrollo”. Ahí está el centro del problema. Las herramientas que ayudaron a construir las economías más poderosas hoy suelen presentarse como prácticas equivocadas cuando intentan aplicarlas países periféricos.
Eso sigue pasando y desde los años ochenta, organismos como el FMI, el Banco Mundial y la OMC han impulsado políticas de apertura comercial, privatizaciones y reducción del gasto público en buena parte de América Latina, África y Asia. La lógica parecía simple, todo bajo oa idea de que menos intervención estatal supuestamente traería crecimiento económico.
Chang cuestiona esa narrativa observando la historia económica real de las potencias industriales. Estados Unidos, por ejemplo, ha sido probablemente una de las economías más proteccionistas del siglo XIX. Inglaterra protegió manufacturas locales antes de convertirse en promotora global del libre comercio. Corea del Sur y Japón también crecieron usando planificación estatal, subsidios y control financiero.
En otras palabras, primero protegieron sus economías; después promovieron apertura global.
Chang incluso cita cómo Friedrich List criticaba esa doble postura británica diciendo que Inglaterra había decidido “retirar esa escalera de su grandeza” una vez alcanzado el liderazgo económico. La metáfora terminó convirtiéndose en el título del libro porque explica una lógica bastante vigente. Cuando una potencia ya domina mercados, tecnología y producción industrial, la competencia abierta deja de representar una amenaza para ella y comienza a beneficiar sus intereses.
El tema también aparece cuando se habla de propiedad intelectual y patentes. Actualmente, muchos países tienen restricciones fuertes para copiar tecnología, producir ciertos medicamentos o adaptar innovaciones industriales. Dicho simple, aprender rápido se ha vuelto más difícil.
Lo curioso es que varias potencias hicieron exactamente eso durante sus etapas de industrialización.
Chang recuerda que Suiza llegó a convertirse en líder tecnológico sin una ley de patentes moderna durante buena parte de su desarrollo industrial. Estados Unidos también copió tecnología europea mientras expandía su producción manufacturera. Ahora las reglas internacionales funcionan distinto.
El autor también se mete con la idea del famoso “buen gobierno”. Democracia consolidada, burocracias eficientes, sistemas financieros sofisticados y protección avanzada de propiedad intelectual suelen presentarse como requisitos básicos para desarrollarse.
Pero Chang dice que "Muchas de las instituciones que actualmente se consideran necesarias para el desarrollo económico fueron, en gran medida, el resultado, más que la causa, del desarrollo económico”. Eso cambia la conversación porque entonces las potencias actuales no habrían esperado a tener instituciones perfectas antes de crecer; probablemente las fueron construyendo mientras se industrializaban.
Entonces, si las reglas económicas globales limitan la capacidad de proteger industrias nacionales, controlar sectores estratégicos o desarrollar tecnología propia, muchos países terminan dependiendo de exportar materias primas y comprar productos industrializados caros. Ahí la desigualdad internacional deja de parecer un accidente.
Chang no cree que exista una conspiración perfectamente organizada, pero menciona que parte del problema podría venir también de un “fariseísmo” ideológico, es decir, de personas convencidas de que existe una sola forma válida de desarrollo económico aunque la propia historia muestre otra cosa.
Mientras tanto, las potencias continúan interviniendo sus economías cuando lo consideran necesario. Ha pasado con subsidios agrícolas, rescates financieros y disputas tecnológicas recientes entre Estados Unidos, Europa y China.
La discusión nos lleva a pensar que no solamente se trata de dinero y recursos sino también sobre quién puede decidir bajo qué reglas crecer.
Sí llegaste hasta este punto de la nota cuéntame en los comentarios ¿Tú crees que las reglas económicas internacionales realmente funcionan igual para todos los países?
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Fuente
Chang, H.J. (2002) Retirar la escalera. La estrategia del desarrollo en perspectiva histórica. Londres: Anthem Press.

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